Por Luis Ibrahyn Casiano Rodríguez 

Nuevamente se trae al tema político y social el debate de la adopción de niños(as) por parte de parejas del mismo sexo, aunque a mí me gustaría llamarle “adopción igualitaria”. Este proyecto presentado por la senadora del distrito de Mayagüez, Maritere González, busca, sin dudas, hacerle justicia a un sector de nuestra sociedad que está capacitado para criar a un menor dentro de un núcleo familiar. Para comenzar, debemos hablar del concepto familia desde un aspecto mucho más amplio, ese que los sectores fundamentalistas no reconocen más allá del padre, la madre y el o la menor.


Nuestra realidad es que siempre ha existido un modelo familiar fuera de esas ilusiones dogmáticas. ¿Cuántos de nuestros progenitores fueron criados por abuelos (as) o tíos (as)? La presencia de un hombre y de una mujer, o sea, de dos personas del sexo opuesto, no necesariamente garantiza en la vida de un niño(a) una relación familiar cónsona con las necesidades del menor. Tampoco es decisivo en las conductas que habrá de adoptar el o la menor a través de su crecimiento. No hay pruebas de que este tipo de “familia tradicional” sea imprescindible para el desarrollo pleno de la salud emocional de un individuo en crecimiento. La estabilidad es la respuesta y esta no tiene sexo.

Hay cientos de casos de niños que viven sumidos en el maltrato dentro de un núcleo “tradicional”. Hay muchos otros que no tienen la presencia de ambos padres, siendo constantemente removidos por el Estado a hogares sustitutos, teniendo que pasar por un proceso de una adaptación viciosa e involuntaria. Estos aspectos negativos se podrían prevenir en parte al extenderle el derecho a las parejas del mismo sexo y que estén capacitadas, tanto emocional como económicamente, para proveerle una vida digna y segura a un niño(a) o adolescente.

La homosexualidad no es una enfermedad mental y, mucho menos, algún tipo de virus contagioso. Yo nací homosexual. Desde niño sentía inclinaciones sentimentales y afecto por personas de mi mismo sexo. Al crecer pude entenderlo y con ello aceptar mi orientación sexual como un asunto plenamente natural.


Yo nací y me crié en un núcleo de esos que llaman “tradicional”, lleno de problemas y maltratos por parte de mi padre, quien sufría de la enfermedad del alcoholismo. Mi madre fue víctima de violencia machista durante muchos años. Yo hubiera preferido que se separaran a tiempo y que ella no hubiera tenido que aguantar tanto dolor debido a la presión social, el miedo y sus nefastos prejuicios, los cuales cargan a nuestras mujeres de inseguridades e impotencia para liberarse del yugo machista, patriarcal y colonizador.

Yo hubiera preferido vivir con mi madre y mi hermano en paz, aun cuando amaba a mi padre profundamente, al igual que a mi señora madre. Aquella familia “tradicional” era disfuncional, aquella familia “tradicional” en la que nací no me pudo garantizarme el que no sufriera.

Lo único que nos diferencia a los homosexuales de una pareja heterosexual, es que no podemos procrear. Pero ser homosexual no limita nuestra capacidad de amar ni para llevar una vida recta y digna ante el mundo, y ante quienes piensan que no podemos ser buenos padres o madres simplemente porque se resisten a reconocer que en este mundo maravilloso existe la diversidad.

La diversidad nos enriquece y al ser considerada en este proyecto, amplía las oportunidades a cientos de niños que esperan con emoción ser cobijados por una familia estable para dejar atrás sus vidas en casas de adopción. 


Aprobar este proyecto es hacerles justicia a través del concepto legal de la igualdad a personas como yo, personas que hemos sido renegadas por el Estado muchas veces por simplemente amar fuera del concepto tradicional impuesto por quienes dicen amarnos, pero que nos denigran y nos subyugan intentando hacernos ciudadanos de segunda categoría. Este proyecto también enmarca el concepto de la equidad, pues le brinda la oportunidad a muchos niños de ser acogidos según sus necesidades en un núcleo familiar donde impere el respeto y el amor.

Una vez más, la bola está en su cancha. Ustedes, legisladores, habrán de demostrar si están a favor de los intereses de las masas irredentas o si son esclavos del voto seguro de quienes no reconocen el respeto a la diversidad humana como camino a la paz ni reconocen el derecho que nos asiste a ser tratados como iguales. Que esta vez ganen el amor y la oportunidad de hacerle justicia a nuestros niños; que gane el sentimiento, el respeto, y la igualdad. ¡Yo respaldo este proyecto!

Luis Ibrahyn Casiano Rodríguez  , es estudiante, activista pro derechos humanos y político independentista. Ex candidato a la Cámara de Representantes. Miembro del Consejo Directivo del MUS y de la Comisión LGBTT.


foto: www.sott.net 

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